jueves, 22 de diciembre de 2011

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La cultura que tanto me enferma
si tu imagen no es para este esquema,
y nadie te quiere tocar.

Soñaba que soñaba con ella, porque nunca accedió a ella como se pretendía. Y no había vuelta que darle. Se acordó de cuando encontró a los 14 años esos libros sobre el techo de chapa y ¡ay!, él en medias tratando de no hacer ruido para no levantar a su abuela y despacito para no cortarse los pies. Despacio había llegado y esa noche no durmió. Escribió nombres de autores en una lata, escribió en su cuaderno un par de frases y esa noche… esa noche se desveló mientras hacía relaciones en su cabeza de lo que había leído. [Se completó]. Al otro día estaban todos jugando a la rayuela y los números borraditos de la rayuela y las páginas del día anterior. Quiso comentar sobre lo que había leído pero estaban todos entusiasmados con el programa nuevo y la chica que había entrado a bailar y el póster que habían encontrado tirado que podía valer mucha plata pero que en realidad después se supo que no valía un centavo. Y entonces Raúl se alejó un poco para poder pensar y se sentó sobre el caminito de sobras de ladrillo y piedras, y se puso a armar conclusiones y ese día sacó la conclusión de que no se puede llegar nunca a ninguna conclusión. Él sabía que comprender era inútil, que no se podía, en esta era. No se podía. Se acordó de que Alberto, el papá de Luciano, tenía una biblioteca y que seguramente no estaría llena de revistas porque al papá de Luciano no le gustaba nunca hablar de esas cosas que a la gente común sí. Se había dado cuenta porque en reiteradas ocasiones había pegado varios portazos cuando tenía que presenciar una de esas conversaciones que lo ponían de mal humor o porque siempre que terminaban de hablar decía “No entienden”. Le iba a pedir unos libros. Con esos libros descubrió que iba a dedicarse a leer toda su vida.
Raúl. 38 años. Divorciado. Y más datos que parece que significan pero que no valen nada comparados a los que sí, porque había otra cosa, otra cosa que llegaría a ser la vida de él. Su vida y otra cosa, otra cosa terrible o no tanto. Raúl tenía un taxi. Uno de esos taxis que llevan pasajeros de todo tipo. Se lo había comprado (libroslibroslibroslibros- cómo si hicieran pensar poco), no había tenido otra opción. Y bueno. No quería matar de hambre a su familia. Iba todos los días a la biblioteca nacional y su taxi tenía que tener un baúl en el cual entraran todos los libros. En realidad no tenía que ser así el taxi. Pero sí para él, para Raúl. Pasó a buscar por la universidad a dos chicas y empezaron a hablar. Y hablaban de ese libro que fascinaba a Raúl. Y hablaban de otro, del que había leído por primera vez. Y hablaban de que tenían que estudiar y leer sobre otros tres. Y Raúl que no podía escuchar más y Raúl que sabía tanto pero ¿a quién le iba a importar?. Y Raúl que escribía por las noches y leía en los ratos libres y que desde un día no volvió a hablar de lo que descubría en cada libro porque a nadie le interesaba si no tenía evidencias de “ser alguien” o algo qué mostrar. Y Raúl así tomó y tomó más velocidad y las chicas que no paraban de gritar. Y los restos de libros que quedaron, los restos de auto, los restos de una vida que se llevaron.
[¿Para qué sirve transportarte a otra realidad cuando no puedes habitar en ella?. Para seguir transportándote.]
Miranda.

4 comentarios:

Egoitz Azcona dijo...

Qué chula la foto y el anillo!
(Y qué decir de tu pelo .. ;)

www.xtasis.net

(:

Mauro Avalo dijo...

LA FOTO

Miss_Scarlett dijo...

la verdad que a veces sí que gustaría transportase a una misma a otra realidad... preciosa en la foto! un besito :)

sofi dijo...

Que linda salisteeeeeee! Te mando un beso y feliz navidad :)

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