lunes, 27 de enero de 2014

Regreso

Palpitar el regreso y la vida del lugar que tengo que dejar ir aunque ahora esa rutina forme parte de mi piel. De cada poro. Y la melancolía y la nostalgia me invaden y me pasa eso que sentí antes de irme, ese apego a la rutina. Lo que no sentí los primeros días lo sentí después y tuve ganas de imprimirme para siempre ciertas voces; ciertos lugares y ciertos momentos. Ciertas sonrisas; ciertas risas y hasta al sonido de las golondrinas aunque deteste las aves, sabes?. Lo que pasa es que el todo es la suma de las partes. Por eso también, quedarse un poquito más nada iba a cambiar. Todo se revoluciona y yo sabía a qué todo iba a extrañar. Y no era a cualquiera. Era al todo al que me adapté, al todo de esas semanas que me quedé. Ahora sé que endemoniada pero también bendita es la rutina. Y te hace extrañar con cada parte de tu ser. En el avión, inevitablemente, me perturbaban flashes e imagenes de cosas; de detalles; de personas que creí que eran casi insignificantes. Pero no. Y me aturdieron, mientras trataba de dormir, y luchaba con esa burbuja de pensamientos y de mezclas de imágenes del día anterior; de la semana anterior; de la primera y de la segunda semana. Trataba de pensar en cómo no pensar; en cómo no sentir. Al final, terminaba pensando y sintiendo el doble. Me aturdieron los recuerdos y a la vez supe que los quería abrazar para siempre en alguna parte de mi ser. No necesitaba quererlo porque los flashes y los recuerdos ya me estaban enroscando a mí aunque no estuviese haciendo ni un poquito de esfuerzo. Me hacían desear tener una máquina del tiempo y revivir ciertas cosas, cambiar otras. Y por eso un poco las odié pero también a pesar de lo molestas que eran, me resigné y las apropié. Sentí que ya extrañaba, y pensé algo así como "qué rápido todo se revoluciona" "qué rápido las cosas cambian" "qué vertiginosa que es la vida" y pensé en mí y en lo emocional que soy. Pensé en que detestaba este aspecto de mi ser porque no es el más adecuado o funcional a este mundo. Me preguntaba, mientras luchaba con mi memoria; los recuerdos cercanos y San Francisco, si alguien extrañaría ya esa esquinita de Hyde Street; el horno que no funcionaba; la guardia que me corrió en Alcatraz porque me demoré sacando un par de fotos o al profesor de inglés bailando arde papi qué calor y arrancando flores en Union Square. Estoy bastante segura de que no, o no tanto. Eso me hizo sentir un poco sola y un poco tonta porque recordé el nudo en la panza que se formó cuando me di cuenta de que faltaban pocos días para irme de ese lugar que se había hecho tan cotidiano. Pero en fin. Palpité, palpité muchas cosas; extrañé (extraño) y sobretodo sentí (siento). Y esa, esa es mi manera de estar viva. Sí. Extrañando. Llevando los fantasmas para todas partes.

1 comentario:

Jorge Ampuero dijo...

Nuestros fantasmas, sombras paralelas e inasibles del alma.

Besos.

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