miércoles, 22 de abril de 2020

cuarentena


La mañana es

el fondo de una taza de café
La tarde es
la pantalla de la computadora
Y la noche es
una historia real o ficticia,
la programación del día.
Despertar es
tapar la pregunta sin respuesta
cuándo termina?
y evitar pensar en nuestro irremediable destino:
Nuestra fatalidad es y será vivir buscando respuestas en el Otro
Necesitamos la calma de la respuesta
Porque la calma es un límite
Y el límite calma
Pero justo en este preciso momento
nadie en el mundo puede brindar la calma
nadie en el mundo puede recibir la calma
En el presente la función está -más que nunca- vacante
Entenderlo es
el enojo insoportable
del enojo abstracto
Entenderlo es
reconocer la ineptitud intrínseca a la condición humana
y asumir que nos esforzamos por disimularla.
Desenojarme es
ser tan apática como pueda
El trabajo es arduo
La coraza me lastima
Por momentos la rechazo
y es tan solo una impostora que me quita el equilibrio.
Mi artificio de calma es
la monotonía hogareña.
Dentro de estas paredes
sostengo el tazón de café con leche
Sonrío cuando mis perros encuentran un rincón con sol
Trato de aprender cosas
intento interiorizar respuestas que son
factibles
aprehensibles
Apelo a los límites que sí hay
Construyo mis propios altares
Recurro a viejos y conocidos significados para sentirme mejor
aunque
no puedo negarlo:
ni bien abro los ojos,
me encuentra de nuevo
la irresoluble pregunta.

Anattā y la experiencia terapéutica


Luego de su primer discurso sobre las Cuatro Nobles Verdades, Buda expuso la idea del no-yo, en pali: anattā. Este término indica que carecemos de un yo perdurable ya que, al existir la transitoriedad permanente en la vida, no es posible concebir a una entidad inmutable en lo que concierne al ser. Según el pensamiento budista, se pueden encontrar Cinco Agregados que, unidos, constituyen cuerpo, mente y experiencia de una persona. Respecto de estos, la forma sería el cuerpo físico de la persona; los sentimientos refieren a las sensaciones agradables o desagradables y las formaciones mentales a las emociones, a los deseos y a la voluntad. La percepción refiere al registro de los estímulos sensoriales que la persona convierte en objetos reconocibles (por ejemplo: ideas o pensamientos). Por último, el concepto de consciencia subjetiva implica a los procesos de conocimiento, percepción y respuesta ante los distintos acontecimientos y contenidos mentales que se presenten. Dichos agregados son transitorios ya que las experiencias que se presentan en la vida también lo son. Debido al cambio constante, sería imposible afirmar que nuestra existencia está determinada por una estructura inmutable. Se responderá de distinto modo según lo que se experimente y, además, uno identificará emociones, sentimientos y pensamientos diversos. En síntesis, es la información del exterior la que nos determinaría, demostrándose de esta forma la insustancialidad del ser.
 Si bien el yo se asocia a las ideas de control y de permanencia, Buda niega que esto sea cierto: constata un gran apego hacia los cinco agregados que impide alcanzar la iluminación y liberarse del sufrimiento. Como afirma Bhikku Bodhi, dentro del contexto de la introspección, los cinco agregados son para Buda objetos de apego que deben contemplarse como no-propios con el fin de que los monjes logren desaferrarse de los componentes mentales que actúan como obstáculos para alcanzar el nirvana.
      Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, desarrolló tres instancias psíquicas: el yo, el ello y el superyó. El ello representaría a los impulsos que no se encuentran en la consciencia pero que pueden motivar al comportamiento. Por lo tanto, no considera al yo como la única instancia capaz de motorizar a nuestras acciones.
Nisbett y Wilson descubrieron que cuando las personas debían elegir entre cuatro pares de medias iguales, siempre seleccionaban a las de la derecha. Dado que los participantes ignoraban el por qué, inventaban los motivos para poder justificarse. En otro experimento en el que se debía dar un apretón para ganar dinero, se concluyó que si previo a esto se observaba la imagen de una moneda, la acción se realizaba con fuerza aunque no se tuviera el recuerdo de haberla visto. Siendo o no conscientes de la imagen, esta influía en la motivación de los participantes. En conclusión, ciertos acontecimientos y estímulos del exterior influyen en las acciones aunque las personas no sean conscientes de ello.
Como psicoterapeuta estoy convencida de que en ciertas ocasiones desconocemos las motivaciones del accionar y, por ende, es necesario examinar experiencias pasadas y creencias actuales para comprenderlas. Los pensamientos y reacciones recurrentes de una persona están estrechamente vinculados con las experiencias vividas. Coincido con las enseñanzas budistas respecto de que reaccionamos y sentimos de acuerdo a las vivencias, no obstante, las creencias y las respuestas de las personas siguen ciertos patrones que se repiten constantemente. Me pregunto cómo esto es posible ante acontecimientos diversos. A veces mis pacientes ni siquiera pueden identificar diferencias entre situaciones completamente distintas y, por ende, reaccionan como si estuvieran siguiendo un guión del que es imposible salirse. Indudablemente las personas que acuden a terapia no son monjes budistas y sufren porque están aferradas a contenidos mentales desagradables y a experiencias que se inscribieron en cuerpo y mente, de modo tal que los condicionan a la hora de vincularse y de reaccionar. Creo, por lo tanto, que esa inmutabilidad de los cinco agregados es relativa: muchas veces no tenemos la flexibilidad necesaria para adaptarnos a los cambios ni podemos reconocer las modificaciones que suceden alrededor como tales. Sin embargo, el fenómeno de masas que se puede percibir al observar o participar de recitales o manifestaciones políticas respaldaría el concepto de anattā: en algunas ocasiones, se podría concebir al ser humano como una disponibilidad expuesta a sentir y actuar de acuerdo a lo que ofrece el ambiente. Esto parecería sugerir que más que una estructura permanente contamos con una permeabilidad que demuestra la constante mutabilidad. Experimento entonces la siguiente contradicción: se sufre incansablemente por contenidos mentales que no se modifican fácilmente y, en algunas ocasiones, parecemos meras disponibilidades que pueden moldearse.
Por estas cuestiones y las tantas experiencias que puede vivenciar el ser humano, me es imposible tanto negar como adherir a la noción de anattā. Tomar uno u otro camino significaría negar las múltiples posibilidades y potencialidades de la existencia humana.

martes, 19 de junio de 2018

Me encantaría

Me encantaría escribir algo que sienta
Que sienta todo el peso de las palabras
Y aún así
No enloquezca 
Ni muera.
Me encantaría escribir algo que sienta
Que sienta toda la sal en las heridas 
Y aún así
No muerda
Ni aplaste
Ni olvide.
Me encantaría escribir algo que sienta
Que transforme en flores a las heridas
Nunca marchitas
Presentes en cada renglón
Y en las líneas del guión insistente
Que machaca mi vida
Que perfora a mi estómago.
Me encantaría escribir algo que sienta 
Y aún así
Abrace sin huir
Y entienda sin vaciarse.

sábado, 2 de junio de 2018

Tiempo

El tiempo llena de polvo a unos zapatos que nunca más se pueden lustrar
El tiempo es un libro con anotaciones al margen que ya no sugieren nada nuevo
El tiempo es un animal muerto cuyo cuerpo no puede moverse de la orilla del mar
El tiempo es la pintura degradada de la fachada del más bello lugar
El tiempo es la pierna acalambrada de tanto moverse por la ansiedad de tener que esperar
El tiempo es la nostalgia que inunda el alma cuando se pasa por una esquina que ya no es la misma
El tiempo es el reciclaje de una casa que ya no es la misma casa
El tiempo son las hojas amarillas que caen de los árboles en otoño
El tiempo es lo que tapa a las arterias del corazón
Es lo que impone el olvido voluntario de aquellos días mejores en los cuales la esperanza imponía la sonrisa y la ilusión de que no todo tiempo pasado fue mejor
El tiempo no es aquella sensación de que el presente florece por todo el cuerpo
El tiempo es una sensación de pesadez, de desgano cruel
Una vez dijiste “el tiempo todo lo degrada”
Y tu pesimismo me estrujó las tripas
Porque tenías razón.

martes, 11 de octubre de 2016

Sobre la identidad y los estados anímicos en la post-modernidad

No sé cómo describirme ni cómo alguien puede atreverse a describir a alguien. No (me) sería tampoco fácil presentarme. Me horroriza que nos supongamos rasgos y características estables, como si fuésemos computadoras. La computadora, por cierto, invento de la humanidad, sufrió mutaciones a través de las distintas épocas. Si bien concibo que podemos cambiar nuestras características a lo largo del tiempo también padezco por saber que nuestro destino está signado por el carácter cambiante de rasgos que nos viven y que no nos atribuimos pero que simplemente aparecen dependiendo de la hora, minuto, lugar y personas de nuestro día.
Cuántas veces debemos haber tenido el atrevimiento de describir a alguien, como si aquello fuese posible y no un absurdo que necesitamos creer para no asustarnos y extrañarnos de las personas que creemos tener junto a nosotros. Intolerantes, irrespetuosos de la intimidad pretendemos creer que lo sabemos todo. Pretendemos creer que es posible abarcar y encasillar a la subjetividad. Pretendemos creer que lo que es una persona es lo que muestra la mayoría del tiempo, ignorando que éste último, además, es un constructo.
Siento que la descripción como verdad sobre una persona se funda en el miedo y el terror a asumir nuestra complejidad y múltiples facetas que se enlazan; se asustan y se apaciguan entre sí. Las más civilizadas y las más tranquilizadoras suelen ser las ganadoras del premio mayor: protagonistas, moldean nuestra identidad. Su función es hacernos creer que tenemos una. Y también, estas facetas cumplirán una función adaptativa, brindándonos las típicas excusas: "no sé qué me pasó, te juro" "yo nunca soy así". Pero sí. Podemos ser monstruos. Podemos ser terriblemente melancólicos. Podemos ser agresivos. Podemos sentirnos vacíos, incapaces de expresar mediante el lenguaje qué nos pasa cuando la identidad muestra, mientras se tambalea, que la mentira puede convertirse en la verdad. Porque el discurso hegemónico se transforma en eso: en la verdad. Hace un tiempo leí: “repite una mentira varias veces, así se convertirá en verdad”. Esta premisa nos atraviesa constantemente en la post-modernidad. Y sálvese quien pueda de no creer, o mejor dicho: de no querer creer. En definitiva, se gana tranquilidad en la enajenación. Como expresa el concepto de Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida que consiste en ser plenamente cambiante y por sobre todas las cosas incierta. Sin embargo, seguimos fieles al concepto de identidad como una pseudo-esencia que en tanto supuestamente estable, es organizadora de nuestras vidas. Esta paradoja deja al descubierto y en carne viva nuestra fragilidad humana. O en términos menos dramáticos: nuestra necesidad imperiosa de adaptación para la supervivencia.
Diversos son los estados anímicos que pueden convertirnos en incapaces de mostrar ante otro ser el fiel reflejo de un estado que nos vive y nos consume. La desesperación entonces hace su aparición, aunque muchas veces silenciosa. Genera impotencia no poder expresar ante el otro porque no se encuentra una descripción para el estado interior que haga realmente viable un encuentro. Esto desemboca en otro vacío, que refuerza al original y que se traduce en un absurdo, estúpido "no sé qué me pasa".
En realidad es una frase bastante sabia, pues expresa que hay un algo interno, una putrefacción que resulta putrefacción por laberíntica, inaccesible, ramificada, escondida y sostenida en redes de pensamiento.
Pero por sobre todas las cosas es sabia porque es una experiencia privada, y es como si nuestra subjetividad, tomándola en cuenta,  pudiera apartarse de otras para no asustar, ser encasillada, violentada y en definitiva: transformada en otra cosa menos terrible y más tratable.


“Nuestros pensamientos comprimidos nos hacen benditos y desatan la tormenta”.

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